El kiosquero de la esquina de mi casa se llama Maxi, nació el mismo día que yo, es un pibe de barrio y maneja un Peugeot. Acá se terminan las similitudes, él tiene una cabellera envidiable y es de Racing, mientras que yo dejé de hacerme problema por cuestiones capilares hace una década y mi corazón late bien Rojo.
Maxi tiene el kiosco y el lavadero de la otra cuadra, es un pibe muy emprendedor. Acá también nos parecemos. Cada vez que le voy a comprar (no muy seguido, la verdad) nos quedamos hablando, de fútbol principalmente. Con el tiempo me fui enterando (por él y por otros) que está bastante metido en la hinchada y que a “Racing lo sigue a todas partes”, pero literalmente a todas partes. Que no se perdió casi ningún partido desde el 90 a hoy, local, visitante o exterior. Y que tiene su quinta de influencia en no sé cuántos kilómetros alrededor del kiosco porque conoce y lo conoce muchísima gente. También tiene su quinta de influencia alrededor de la sede de Racing, o más precisamente, alrededor de la gente de Racing.
Hoy le fui a comprar puchos porque están escaseando, Massalin Particulares tiene la fábrica cerrada desde que empezó la cuarentena y no están fabricando Marlboro. Él tiene, así que me vende de a dos y no me los cobra más caros. A quién no conoce no le vende, un buen gesto con los vecinos y los clientes del barrio.
Nos pusimos a hablar un poco, yo le saqué el tema de que Racing le pagó a todos los jugadores, que estaban bien institucionalmente. No es que me interesara particularmente el tema, sólo sentí la obligación de compensar la adquisición de un bien escaso no sólo con dinero sino además con un poco de charla.
De lo bien que está Racing, pasamos a lo mal que está Independiente, y de lo bien que estuvo Independiente a lo mal que estuvo Racing cuando él (cuando nosotros) éramos chicos. Ahí fue cuando me contó lo seguidor que era con algunos detalles que no vienen al caso. Y ahí fue cuando aproveché a preguntarle si él era parte de la hinchada. No dije “barra”, dije “hinchada”. Hizo un gesto ambiguo con la cabeza, sin confirmar ni negar mis sospechas. Pero mientras lo hacía, sacó su celular, rebuscó un poco y me mostró unas fotos.
En las fotos, se veía la mayor cantidad de tela celeste y blanca que vi en mi vida. Era una cantidad de camisetas tan pero tan enorme que se desdibujaba en la pantalla del móvil, de por sí pequeña. Asombrado, le pregunté cuántas había y si eran suyas. Me dijo que sí, que tenía todas las camisetas desde el 90 a ahora. Que había empezado a ir a la cancha porque el padre era amigo de alguien, y que ese alguien era alguien importante. Y que empezó a coleccionar camisetas. Todas las camisetas.
Por ejemplo, me explicó que en la temporada pasada Racing usó 26 modelos de camisetas distintas. Que si las observaba a simple vista parecían iguales, pero si las miraba atentamente cambiaba algo de una a otra: un parche por algún evento especial, un escudo agregado, el tipo de tela, etc. Son 26 camisetas iguales pero a la vez distintas, y él las tiene todas.
Insistí con el número exacto, si lo sabía. Me dijo que eran 323 mangas largas, 491 mangas cortas y 62 no sé qué (yo no sé, no recuerdo qué me dijo, él seguro lo sabe). Es decir, tiene más de 800 camisetas de Racing.
Le pregunté cuál era la más vieja que tenía y me dijo que no, que eran todas del 90 para acá porque no pagaba por cosas de colección. Que todas las camisetas eran de jugadores, camisetas que se usaron dentro de un campo de juego.
Después me mostró otra foto, se veía un adolescente con un montón de camisetas en el piso. Me contó que era su hijo, que tiene 15 años y que también estaba armando su colección. Ya lleva 58, también todas de jugadores.
Y luego, quizás envalentonado por mi cara de asombro, me mostró una foto donde se veía un recuadro de vidrio sostenido por bastidores de madera, una especie de exhibidor que enmarcaba una única camiseta de espaldas con el número 6. Se la notaba antigua, quizás de tela piqué, un poco avejentada y con alguna marca que indicaba que se había usado para jugar, que no salió de un local de merchandising.
– Ah –exclamé–, ¡entonces sí tenés camisetas viejas! ¿De qué año es?
– Es la única –me confesó–. Me la regaló mi viejo. No me hablo con él hace años, pero guardo esta camiseta.
– ¿Y de quién es? –pregunté, esperando que me dijera que era un jugador conocido para no pasar vergüenza.
No dijo nada y pasó otra foto, donde se veía la misma camiseta pero esta vez de frente. Estaba llena de firmas.
– La firmaron todos los jugadores de ese partido –me dijo.
– Ya veo… ¿pero de quién es?
– Del Coco Basile. Es la camiseta que usó en la final del 66.
Silencio. Lo miré y creo que adivinó lo que estaba pensando.
No dijo nada, yo tampoco.
Mientras caminaba a mi casa deseé fervientemente que le vaya muy bien con el kiosco, que pueda reabrir el lavadero y que la vida que lleva se sostenga en el tiempo para poder seguir acrecentando esa colección, que será para el hijo o para un futuro nieto que llegará al mundo sin saber la inmensa fortuna que fue cosechando el abuelo a través de los años.
El abuelo kiosquero que me va a guardar dos Marlboro Box para mañana.